A lo largo de los años, las redes sociales han fomentado una visión negativa hacia el consumo de hidratos de carbono (CHO), defendiendo que los patrones dietéticos destinados a la pérdida de peso deberían limitar o incluso excluir los hidratos de carbono. Estas creencias intensifican el debate sobre la ingesta dietética de las tres fuentes principales de energía (hidratos de carbono, proteínas y grasas) durante el reposo y la actividad física. Por término medio, las personas obtienen aproximadamente la mitad de sus necesidades energéticas diarias de los hidratos de carbono. Sin embargo, la abundancia de alimentos y su fácil acceso han llevado a una ingesta excesiva de hidratos de carbono, sobre todo azúcares simples, lo que supone una importante carga metabólica para el organismo. Por lo tanto, tener en cuenta la cantidad, la calidad y la distribución de los hidratos de carbono a lo largo del día es esencial para establecer un enfoque equilibrado de la nutrición y mantener la salud en general.
Clasificación de los hidratos de carbono
Los hidratos de carbono son la principal fuente de energía de la dieta humana. En concreto, cada gramo de cualquier tipo de CHO aporta cuatro calorías. Pueden clasificarse en hidratos de carbono simples y complejos, en función de la cantidad de azúcar que contengan.
Hidratos de carbono simples
Los hidratos de carbono simples son moléculas de azúcar de cadena corta que pueden digerirse rápidamente, induciendo un aumento brusco de los niveles de glucosa en sangre. Esta característica los convierte en una fuente inmediata de energía. Sin embargo, los picos de glucosa en sangre van seguidos de un descenso igualmente rápido de los niveles de glucosa, lo que provoca sensación de hambre y fatiga. Este tipo de hidratos de carbono se divide en dos grandes categorías, los monosacáridos y los disacáridos, en función de las unidades de azúcar que los componen.
Los monosacáridos están compuestos por una sola unidad de azúcar e incluyen la glucosa, la fructosa y la galactosa. Están presentes de forma natural en la miel y los frutos secos, pero también pueden encontrarse en cantidades elevadas en productos manufacturados. La fructosa, por ejemplo, especialmente el jarabe de maíz de alta fructosa, es un componente de muchos refrescos y alimentos procesados.
Los disacáridos, por su parte, están formados por dos unidades de azúcar: la sacarosa, la lactosa y la maltosa. La sacarosa se obtiene de forma natural de la caña de azúcar, la remolacha azucarera, la miel y los dátiles, mientras que la lactosa es el azúcar de los productos lácteos. La maltosa se encuentra sobre todo en la cerveza, la cebada y diversos cereales.
Hidratos de carbono complejos
Los carbohidratos complejos también se dividen en subgrupos: oligosacáridos, polisacáridos y fibra dietética. Las moléculas de oligosacáridos constituyen una cadena de 3-10 unidades de azúcar, mientras que los polisacáridos comprenden ≥ 10 unidades de azúcar. Las fibras son una categoría distinta, que incluye componentes tanto de oligo como de polisacáridos. A diferencia de los hidratos de carbono simples, los hidratos de carbono complejos aumentan progresivamente la glucosa en sangre, proporcionando una prolongada sensación de saciedad. Como su digestión y absorción son graduales, se evita un rápido agotamiento energético.
La rafinosa, la estaquiosa, la maltodextrina y la inulina son conocidos representantes del grupo de los oligosacáridos. Varias frutas, verduras, legumbres y cereales integrales son ricos en oligosacáridos.
Asimismo, los polisacáridos típicos abarcan el glucógeno y el almidón. Los polisacáridos se encuentran en altas concentraciones en alimentos de origen vegetal como frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y frutos secos.
Varios oligo- y polisacáridos pertenecen a otro tipo especial de hidratos de carbono complejos: la fibra alimentaria. Ejemplos de fibras alimentarias son las pectinas, los betaglucanos, la celulosa y la hemicelulosa, todos ellos presentes en alimentos vegetales. Las fibras alimentarias no pueden ser digeridas ni absorbidas por el intestino delgado, por lo que acaban en el colon, donde son metabolizadas por la microbiota intestinal o excretadas. En función de su capacidad para ser solubles en agua, las fibras alimentarias se clasifican en solubles e insolubles, y presentan diversos efectos fisiológicos.
Recomendaciones sobre la ingesta de hidratos de carbono
Para aclarar la ingesta recomendada de hidratos de carbono en la dieta, el Consejo de Alimentación y Nutrición del Instituto de Medicina publicó unas directrices para las ingestas dietéticas de referencia (IDR), que engloban las recomendaciones para el consumo de hidratos de carbono. Según estas directrices, del 45 al 60% de las calorías diarias deben obtenerse de los hidratos de carbono, sin que los azúcares añadidos superen los 10% de la ingesta calórica diaria total. Basándose en las necesidades medias de glucosa para la función cerebral, la ingesta mínima de hidratos de carbono se fijó en 130 g/d tanto para adultos como para niños, con valores ajustados para mujeres embarazadas y lactantes. Las recomendaciones relativas a las fibras sugieren una ingesta de 25-30 g/d para los adultos, mientras que la ingesta objetivo es inferior en los niños.
Metabolismo y reservas de hidratos de carbono
Tras una comida, los hidratos de carbono se descomponen en glucosa, el principal combustible para cubrir las necesidades energéticas. Una vez que la glucosa ha entrado en la circulación y ha sido absorbida por los tejidos del organismo, se somete a una serie de complejas reacciones enzimáticas y bioquímicas. Este proceso facilita finalmente la síntesis de trifosfato de adenosina (ATP), la unidad energética primaria dentro de las células.
En caso de un excedente de glucosa debido a que las calorías ingeridas superan las necesidades energéticas, la glucosa se almacena en el hígado y los músculos en forma de glucógeno o se convierte en grasa en el hígado y el tejido adiposo. Por otra parte, los periodos de ayuno, por ejemplo durante el sueño o en actividades que exigen mucha energía, pueden hacer necesaria la movilización de glucógeno, ya que la glucosa circulante puede agotarse en poco tiempo.
Utilización de carbohidratos en reposo y durante el ejercicio
Normalmente, durante los periodos de descanso, el organismo demanda las cantidades necesarias de hidratos de carbono para mantener su correcto funcionamiento y homeostasis. Por lo tanto, aunque el gasto energético sea relativamente bajo y el principal sustrato energético que contribuye al gasto energético sea la grasa, los hidratos de carbono siguen siendo necesarios para el funcionamiento óptimo del cerebro, los riñones, el aparato reproductor y otros sistemas vitales. Como ya se ha mencionado, en circunstancias normales, la contribución de los hidratos de carbono a la producción de energía es mínima, ya que las grasas constituyen el principal sustrato energético. La forma en que el organismo utiliza los sustratos energéticos (grasas e hidratos de carbono) en reposo puede verse alterada en caso de trastornos metabólicos, como la obesidad, la diabetes, el síndrome metabólico, etc., lo que conduce a una mayor dependencia de los hidratos de carbono para la producción de energía. Esto se debe al deterioro de la acción de la insulina (hiperinsulinemia y resistencia a la insulina) y del metabolismo de la glucosa (hiperglucemia) relacionado con dichas alteraciones metabólicas. Como consecuencia, la oxidación de las grasas se interrumpe, ya que un excedente permanente de glucosa en la sangre está listo para ser oxidado para la producción de energía. Así pues, el organismo tiende a utilizar más hidratos de carbono para producir energía.
Durante la actividad física, se activan tres sistemas energéticos principales para producir ATP, es decir, la energía necesaria para impulsar y sostener el ejercicio: la fosfocreatina (sistema energético del fosfágeno), el sistema oxidativo aeróbico y el sistema energético anaeróbico láctico (glucolítico).
El sistema energético de la fosfocreatina se activa inmediatamente en los primeros 1-10 segundos del ejercicio de alta intensidad, como los sprints, el ciclismo en pista, el levantamiento de pesas, etc. Este sistema utiliza la fuente de energía más fácilmente disponible, la fosfocreatina (PCr). Sin embargo, es incapaz de proporcionar energía suficiente en el caso de ejercicios de alta intensidad que duren más de 10 segundos (aproximadamente 30 segundos-2 minutos). Por lo tanto, es necesaria la activación del sistema glucolítico. El sistema energético glucolítico ofrece la energía necesaria mediante la oxidación de la glucosa y el glucógeno. En general, la combinación de los dos sistemas se activa durante los ejercicios de resistencia (ejercicios explosivos de alta intensidad de duración reducida) y los ejercicios de intervalos de alta intensidad (HIIT) debido a la elevada demanda de producción inmediata y sostenida de ATP.
Por el contrario, el sistema energético oxidativo aeróbico es el que se activa a largo plazo en caso de ejercicio de resistencia continuo de intensidad baja a moderada, ya que los sistemas anteriores no pueden proporcionar los combustibles energéticos necesarios para una actividad física prolongada.
La intensidad del ejercicio es uno de los principales parámetros que determinan la utilización de los carbohidratos como sustrato energético.
En ejercicios de resistencia de intensidad baja a moderada, como correr, remar, montar en bicicleta, etc., en los que la intensidad oscila entre 50-75% del VO2max de un individuo o 60-80% de su frecuencia cardiaca máxima, la contribución de los carbohidratos a la producción de energía es de aproximadamente 30-40%, lo que significa que la grasa sigue siendo el principal combustible energético. A medida que aumenta la intensidad del ejercicio de resistencia, es decir, a intensidades de ejercicio >70% del VO2máx o > 80% del pico de frecuencia cardiaca, los carbohidratos se convierten en el combustible energético predominante, representando hasta 70% del gasto energético total.
Recomendaciones de carbohidratos para antes del entrenamiento
Dado que las reservas de glucógeno representan sólo alrededor del 5% del almacenamiento total de energía, los carbohidratos endógenos pueden no ser adecuados para un ejercicio prolongado de intensidad moderada a alta. Por lo tanto, consumir una comida rica en carbohidratos antes del ejercicio asegura tanto la accesibilidad a una fuente de energía inmediata (glucosa) como la optimización de las reservas de glucógeno. Esto ayuda a garantizar un suministro energético suficiente durante la actividad física, teniendo en cuenta la tasa de oxidación de los hidratos de carbono, que suele oscilar entre 30-60 g/h. Los estudios han demostrado un efecto beneficioso sobre el rendimiento del ejercicio y la prevención de la hipoglucemia mediante el consumo de una comida rica en hidratos de carbono complejos 2-3 horas antes de un ejercicio de resistencia de más de 60 minutos.
Se cree que la ingesta de hidratos de carbono de bajo índice glucémico, como la avena, la quinoa, las legumbres, diversas frutas y verduras, contribuye a preservar la euglucemia durante los periodos de ejercicio debido a la liberación gradual de glucosa en el torrente sanguíneo y a la respuesta constante de la insulina.
Reposición eficaz del glucógeno
Como ya se ha mencionado, la actividad física, especialmente el ejercicio de resistencia prolongado de intensidad moderada, conduce al agotamiento de las reservas de glucógeno, generando así fatiga y agotamiento. Por lo tanto, la reposición nutricional debe ser una piedra angular del régimen de recuperación de todos los atletas.
El proceso de resíntesis del glucógeno comienza con la finalización de la actividad física y dura de 6 a 8 horas. La ingesta óptima de hidratos de carbono se estima en 1,2 g/kg/h. Se ha demostrado que los carbohidratos de alto índice glucémico, es decir, los que provocan un pico rápido de azúcar en sangre, aceleran el proceso de restauración del glucógeno, especialmente cuando sólo se dispone de una recuperación a corto plazo. Esto se debe a la mayor estimulación de la respuesta de la insulina desencadenada por la ingesta de carbohidratos de alto índice glucémico, en comparación con los carbohidratos de bajo índice glucémico. A pesar de los posibles efectos ventajosos de los carbohidratos de alto índice glucémico en la recuperación a corto plazo, su potencia disminuye en periodos de recuperación prolongados. Además, el consumo de una mezcla de fuentes dietéticas que contengan tanto glucosa como fructosa parece ser el enfoque más eficaz para la restauración del glucógeno.
Por último, las pruebas relativas a la nutrición post-entrenamiento sugieren la ingestión simultánea de cantidades adecuadas de hidratos de carbono y proteínas para la recuperación muscular y la ganancia de masa muscular. En concreto, se recomienda la ingesta conjunta de 1-2,2 g/kg de carbohidratos y 0,3-5 g/kg de proteínas en una comida postentrenamiento como el enfoque óptimo para la recuperación tras el ejercicio.
Hidratos de carbono simples y salud general
Los hidratos de carbono, en términos de calidad y cantidad, desempeñan un papel vital no sólo como combustible para el ejercicio, sino también para el mantenimiento de la salud en general. El aumento del consumo de alimentos que contienen hidratos de carbono simples, es decir, hidratos de carbono de alto índice glucémico, como los cereales refinados, los refrescos, los postres, etc., aumenta el riesgo de padecer enfermedades metabólicas, como la obesidad y la diabetes de tipo II.
El elevado índice glucémico provoca un rápido aumento de la glucosa en sangre y, posteriormente, una secreción brusca e incontrolada de insulina, lo que causa una afección conocida como hiperinsulinemia. La hiperinsulinemia crónica puede provocar resistencia a la insulina, una afección en la que la capacidad de la insulina para reducir los niveles de glucosa en sangre se ve mermada, lo que provoca hiperglucemia y, posiblemente, diabetes de tipo II. La diabetes de tipo II es una afección médica caracterizada por la resistencia a la insulina debida tanto a la hiperinsulinemia persistente como a la disminución progresiva de la capacidad del organismo para producir insulina. El consumo excesivo de azúcares simples es uno de los principales factores que contribuyen a la diabetes de tipo II. Por lo tanto, ajustar la dieta y modificar la calidad de los carbohidratos ingeridos tiene una gran importancia en el tratamiento de la diabetes.
La obesidad es otra condición clínica que puede surgir debido al consumo excesivo de carbohidratos simples. El aumento del consumo de hidratos de carbono simples disminuye las señales de saciedad al interferir en la regulación de los sistemas dopaminérgico y serotoninérgico del hipotálamo, responsables del control del apetito. Esto provoca un aumento de la ingesta calórica y un excedente de glucosa, que se almacena en forma de grasa, predominantemente en la zona abdominal (grasa visceral). Un aumento de la grasa corporal, especialmente de la grasa visceral, se asocia a numerosos riesgos para la salud, como la obesidad, las enfermedades cardiovasculares, la diabetes, etc.
La investigación también se ha centrado en la relación entre el consumo de CHO y el cáncer, con varios estudios que demuestran que el consumo elevado de hidratos de carbono simples activa vías que potencian la proliferación de células cancerosas, lo que provoca el crecimiento de tumores. Sin embargo, la investigación sigue en curso y no se pueden hacer recomendaciones ni conclusiones definitivas.
Beneficios de la fibra alimentaria para la salud
Frente a los efectos perjudiciales de los hidratos de carbono simples sobre el metabolismo, el sistema cardiovascular y la salud en general, el consumo de hidratos de carbono complejos, en particular de fibras alimentarias, tiene importantes efectos beneficiosos para la salud.
Los estudios han demostrado la eficacia de las fibras alimentarias solubles, incluidos los betaglucanos, las pectinas y la inulina, para reducir el colesterol sanguíneo, inhibir la aterosclerosis y regular los niveles de glucosa en sangre. La ingesta de este tipo de fibra también puede aumentar la saciedad y aliviar el estreñimiento. Además, las fibras hidrosolubles son utilizadas por el microbioma intestinal, ya que son altamente fermentables por las bacterias intestinales. Este proceso contribuye a la producción de ácidos grasos de cadena corta (AGCC), que sirven como sustrato energético, regulan la síntesis de colesterol y presentan propiedades antiinflamatorias y apoptóticas. En otras palabras, los AGCC median parte del efecto protector de las fibras alimentarias solubles sobre las enfermedades cardiovasculares, metabólicas y el cáncer.
Otro tipo de fibra alimentaria, el almidón resistente, también es fermentado por las bacterias intestinales, ejerciendo los efectos beneficiosos antes mencionados. También contribuye a regular el apetito, al tiempo que muestra efectos beneficiosos sobre la regulación de la glucosa en sangre y la sensibilidad a la insulina. El almidón resistente se forma principalmente en los alimentos ricos en almidón al enfriarlos después de cocerlos. También existe en alimentos ricos en almidón crudos, como los plátanos inmaduros.
Por último, las fibras insolubles, como la celulosa y la hemicelulosa, aumentan eficazmente la masa fecal, disminuyendo el tiempo de tránsito de las heces en el intestino. Además, inducen la saciedad, contribuyendo así a la pérdida de peso, y también presentan efectos antiinflamatorios.
En general, los hidratos de carbono son macronutrientes vitales que constituyen los principales combustibles energéticos, garantizando un funcionamiento óptimo del cerebro y del organismo. Durante la actividad física, su contribución cambia, activándose diferentes sistemas energéticos en función de la intensidad del ejercicio. Una ingesta suficiente de carbohidratos antes y después del ejercicio es crucial para alcanzar el máximo rendimiento, mejorar la fuerza y favorecer la recuperación. Además, su impacto en la salud general tiene varias dimensiones. Mientras que el consumo de carbohidratos simples constituye un mecanismo fisiopatológico central para el desarrollo de trastornos metabólicos como la obesidad y la diabetes, el consumo de carbohidratos complejos, especialmente fibras dietéticas, proporciona múltiples beneficios para la salud en general.
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